Una mujer fatal

Juan llevaba décadas subsistiendo como escritor de novela negra. Sus inseparables compañeros de viaje durante la elaboración de cualquiera de sus libros eran una vieja Olivetti Lettera 32 (jamás se había acostumbrado al impersonal teclado de un ordenador) y una botella de bourbon de marca variable (dependiendo de su economía). Vivía en un abandonado piso de un viejo bloque de edificios en Horta, y pasaba sus días jugando a la petanca con los jubilados del barrio, con los que sentía una gran afinidad a pesar de que le sacaran más de veinte años. Su cartilla de ahorros estaba en las últimas y el contrato con su editor le obligaba a entregar un nuevo manuscrito en un par de meses. El dinero que cobraría por ello le vendría la mar de bien, sobre todo si pretendía seguir pagando el alquiler, pero existía un pequeño problema: en lo que a inspiración se refería, se hallaba en el dique seco. Ni una sola idea en los últimos seis meses, miles de borradores iniciados y todos ellos a la basura. Se encontraba inmerso en lo que los eruditos calificaban como "el bloqueo del escritor", y ahora mismo su única fuente de inspiración era la camarera de su bar habitual, un garito al que acudía un par de veces por semana a apurar un buen whisky contemplando los ojos verdes de la morenaza que había detrás de la barra.

Calculaba que rondaba los treinta y cinco, tenía un chasis de infarto y la forma en que movía las caderas cuando cubría el trayecto de la barra a las mesas hacía que los ojos de un ciego se salieran de sus órbitas. Además, preparaba el whisky cool air como nadie, y aunque era más bien parca en palabras sus escuetas conversaciones destilaban una sinceridad aplastante para lo que era normal encontrarse en un bareto de esas características. Cuando salían de sus labios, frases como "necesito a un hombre que sepa follarme bien y que me lleve a vivir a un sitio decente" sonaban no tanto a desesperación como a invitación encubierta; sólo faltaba la música de saxo de fondo para que encajaran en el ambiente: el humo de los cigarrillos ya lo ponía él. Así que durante las eternas tardes de inactividad frente al teclado, cuando los Winston se acumulaban uno tras otro en el cenicero del escritorio y el bourbon se llevaba hasta la última de sus ideas originales, Juan se limitaba a pensar en la camarera e intentaba encuadrarla en una trama de novela policíaca que pudiera darle de comer durante el próximo medio año.

Aquella tarde era una de tantas, la página seguía en blanco y sus ojos estaban enrojecidos por culpa de la mezcla de los efectos del alcohol y el humo del tabaco que flotaba por toda la estancia. Lentamente dirigió el dedo anular de su mano izquierda hacia la tecla "A", pegó una última calada y se lanzó al vacío sin saber muy bien qué iba a pasar, pero alguien le había dicho hacía tiempo que la mejor forma de romper un bloqueo era dejarse llevar sin rumbo fijo cuando consiguiera focalizar una imagen mental lo suficientemente clara en su cabeza. Y ahora la tenía: podía recorrer las interminables piernas de la camarera de abajo arriba como si estuviera de pie encima de la mesa, justo detrás de la Olivetti, a punto de agacharse mostrándole su generoso escote para servirle el último cool air de la noche.

Aunque nunca antes había sostenido en sus manos el peso muerto de un revolver, Sara acertó a la primera cuando apretó el gatillo para liquidar al hombre del sombrero, que había aparecido de improviso en el umbral de la estancia y que, como ella bien sabía, no albergaba precisamente buenas intenciones.


(Sara, buen nombre para una femme fatale. Nunca le había preguntado a la camarera cómo se llamaba, pero Sara le encajaba como un guante.)

Lentamente notó como los engranajes oxidados se iban poniendo en marcha, y cuando dejó de teclear para mirar el reloj de la pared se dio cuenta de que habían pasado siete horas y que ya llevaba treinta páginas de un manuscrito más que prometedor.

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-Me ha gustado mucho tu libro -le decía Sara (seguía sin saber su nombre) nueve meses después mientras le servía el último cool air de la noche-. Me gustan los personajes femeninos fuertes.
-Me alegro -contestó Juan resistiéndose a mirarla a la cara: con los pechos de momento tenía suficiente.
-¿Sabes? Me he identificado mucho con el papel de tu heroína. Lástima que te la cargaras en el último párrafo.
-Las mujeres fatales nunca acaban bien en las novelas de serenos... deberías saberlo a estas alturas.
-Cierto, pero no he podido evitar apenarme cuando la arrojaste desde el balcón de su apartamento tras el último crimen, con el dinero del botín en los bolsillos de la gabardina.
-Considéralo un acto de justicia poética.

Ella se quedó ahí de pie, mirándolo con una media sonrisa en los labios que lo ponía bastante nervioso. Muy despacio, se acercó un pitillo a la boca y, mientras palpaba en el bolsillo interior de su americana intentando localizar el encendedor, ella le soltó a bocajarro:

-Te pongo nervioso, ¿verdad?
-No lo sabes bien -respondió él con una risotada.
-Pues deberías tranquilizarte: ahora no tienes ninguna posibilidad conmigo.

Juan alzó la mirada: ¿qué le estaba diciendo exactamente?

-¿Acaso alguna vez la tuve? - inquirió.
-Sí, cuando eras un escritor fracasado. Ahora que tu libro está en lo más alto de la lista de Best-Sellers ya has perdido toda la gracia, la verdad. Probablemente te irás a vivir a un sitio mejor dentro de un tiempo y te acostarás con unas cuantas fulanas que harán que te olvides de tus raíces. Incluso alguna de ellas puede que te eche el lazo: aún tienes edad para formar una familia... Cuando estés completamente domesticado y nadando en la abundancia ya no quedará nada de tu verdadero 'yo', y te habrás convertido en uno de esos asquerosos triunfadores que se dejan ver en las tertulias literarias de nivel. Sinceramente, a mí esta clase de tíos no me van.

Juan volvió a reír; esta vez con ganas y echando humo por los orificios de la nariz.

-¿Sabes qué tienen de malo las mujeres fatales?
-No.
-Que si te las follas acabas muerto.
-No lo entiendo.
-En cambio -prosiguió él-, si consigues vencer tu obsesión por sus curvas y aprendes a servirte de ellas normalmente acabas fugándote con el botín.
-¿Siempre?
-Normalmente. Así son las reglas de una buena novela negra.
-¿Qué quieres decir con eso? -en aquel momento ¿Sara? ya no sonreía.
-Quiero decir que mañana ingresaré un suculento cheque en mi cuenta bancaria y que lo primero que haré será comprarme un Corvette descapotable, y luego probablemente me vaya a una playa paradisíaca en la otra punta del mundo. Cuando esté ahí tumbado pensaré en cómo la obsesión por una mujer fatal me permitió salir del atolladero y de cómo, precisamente por saber resistirme a sus encantos, pude canalizar mis bajas pasiones hacia el teclado de mi máquina de escribir, lo cual me ha permitido fugarme con el botín.

Ella sabía que él notaba su enfado, aunque no tenía demasiado clara la causa del mismo.

-Son siete euros -le dijo con un cierto desdén.
-Toma diez, y quédate con el cambio. Después de todo, te lo has ganado de sobras.

Dicho lo cual se levantó y, apurando el último cigarrillo de su paquete, salió por la puerta de entrada por última vez sin volver la vista atrás.

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escrito por Jordi Soler @ 16:05, ,


Otrodependencia

-Buenas noches.
-Ah, hola, eres tú...
-Sí.
-Vuelve dentro. Aquí fuera hace frío.
-¿Así que es cierto?
-¿Cierto?
-Leí tu nota.
-La nota, claro... se suponía que no tenías que verla hasta mañana.
-Me pasé por casa antes de salir a cenar, y allí estaba, sobre la mesa del recibidor.
-Bueno, pues ahora ya lo sabes.
-No lo hagas.
-¿Hacer?
-Saltar desde esta azotea. Te lo suplico.
-¿Por qué? No quiero vivir.
-Pero yo sí.
-No te entiendo. ¿Ahora me vienes con que no puedes vivir sin mí?
-Más o menos.
-Me hiciste mucho daño, ¿sabes?
-Pasábamos una mala época. Ahora el bache está superado; hace como dos meses que ya no lo veo. Ni siquiera me ha llamado en todo este tiempo. Simplemente pasé página y volví contigo.
-Un poco tarde ya.
-Por favor, intenta perdonarme.
-No puedo. Además, no me creo que yo te importe tanto.

...silencio...

-Tienes razón: no es por ti, es por mí.
-¿Por tí?
-Sí, por mí, y por lo que me dijo el psiquiatra en la sesión de la semana pasada.
-¿Qué te dijo?
-Que sufro un síndrome muy extraño: la "otrodependencia".
-¿Y eso qué es?
-Pues verás, se trata de una enfermedad muy rara que sólo sufre un porcentaje ínfimo de la población, pero me ha tocado a mí.
-Ah...
-Según mi psiquiatra, me he acostumbrado tanto a tu presencia y estoy tan obsesionada por la opinión que puedas tener de mí que ahora mismo creo que vivo a través de ti.
-¿A través de mí?
-Sí, a través de ti.
-Pues eso se acabará pronto.
-No lo has entendido: estoy tan convencida de que sólo existo a través de tus ojos y de tu mente que sé que si te matas yo dejaré de existir.
-¿Y eso es malo?
-Mucho. Ya te he dicho que no quiero morir.
-Pues tenemos un problema, porque yo sí.
-No te dejaré saltar. Simplemente no puedo arriesgarme a desvanecerme en la nada sólo por un capricho tuyo.
-Ja, ja, ja.
-¿De qué te ríes?
-De que sólo funcionas por egoísmo. En realidad no te importo un comino; si no fuera por tu "otrodependencia" dejarías que saltase sin ningún tipo de remordimiento... ¡qué asco!
-¿Quién eres tú para juzgarme después de lo miserable que me has hecho sentir durante todos estos años? Además, te estoy ofreciendo una segunda oportunidad.
-¿Segunda oportunidad?
-Sí, de volver a empezar... juntos.
-Y una mierda.
-Por favor, no me mates... no te mates.
-Es de mala educación ponerte tú primero.
-Perdona.
-¿Sabes qué?
-Dime
-Que acabas de darme un motivo adicional para saltar. Si me mato yo te mato a ti, dices... ¡pues qué bien! Dos pájaros de un tiro.
-Eres un cabrón.
-Y tú una hijaputa... que en pocos segundos estará muerta.
-¡No te dejaré!
-¡Prueba a detenerme!

Dicho esto, saltó al vacío. Ella se abalanzó detrás de él para agarrarlo por la pernera del pantalón. En el último instante lo consiguió, pero calculó mal el peso de él y la fuerza de la gravedad, así que el impulso del salto la arrojó a ella también veinte pisos para abajo.

Cayeron juntos. Justo antes de estamparse contra el firmamento, ella aún tuvo el tiempo justo de recriminarle: "te lo dije".

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escrito por Jordi Soler @ 22:17, ,


Solo

Aquella noche salió tarde de la oficina. No le esperaba nadie en casa y además no era día de partido, así que tampoco tenía una prisa especial. Aun así, apretó el acelerador nada más salir del garaje de la empresa y con el gas a fondo entró en la calle que llevaba al centro. De haber estado mejor iluminada habría visto al camión que circulaba sin luces por el carril derecho, pero entre el cansancio y el exceso de velocidad le faltó poco para impactar de lleno con él cuando se detuvo de repente, por culpa del atasco que se iniciaba en la intersección con la gran avenida. Hizo sonar la bocina, más por los nervios que por avisar al conductor de que llevaba las luces apagadas, y con el corazón a mil se incorporó tranquilamente al embotellamiento. Esta vez había estado cerca, pensó, y se prometió a sí mismo que a partir de ahora conduciría con mayor prudencia. Culpa del estrés del trabajo, sin duda.

Como tenía la radio del coche estropeada, se distrajo tarareando una vieja tonada mientras avanzaba lentamente por su fila. La visión de la larga cola de luces rojas y blancas que parecía perderse en el infinito le relajaba en cierta medida, y poco a poco y sin darse cuenta fue dejando al resto de vehículos atrás a ritmo del "New York, New York" de Sinatra. Cuando ya había declarado al mundo por cuarta vez que ansiaba despertarse en la ciudad que nunca dormía tomó la salida que lo desviaba al norte, como cada noche, y ahí fue cuando empezó a darse cuenta de que ocurría algo raro. La rampa de bajada estaba vacía, cosa anormal teniendo en cuenta que venía de una aglomeración de vehículos espectacular. Normalmente aquí el tráfico ya era más fluido, pero siempre se topaba con una docena de coches que le obligaban a aminorar el paso. Suponiendo que se trataba de su noche de suerte, aceleró de nuevo olvidándose de las promesas de moderación.

Lo que vio cuando llegó a su barrio le dejó perplejo. Si ya era poco habitual encontrar la rampa de bajada sin tráfico, que ese punto de la ciudad se encontrara desierto de toda circulación devenía un hecho inaudito. Inmediatamente pensó en una alerta terrorista o en un escape de gas a gran escala, pero en las casas parecía haber luces y como no tenía radio decidió que lo mejor sería seguir su camino e informarse cuando llegara a su piso. De reojo observaba las tiendas y los supermercados, y aunque todos estaban bien iluminados, se percató con una cierta inquietud creciente de que no había nadie en ellos, ni clientes ni dependientes. Se detuvo en un semáforo y, aprovechando la espera, bajó el cristal de la ventanilla y gritó: "¡Hola! ¿Hay alguien?" a la oscuridad de la noche. Nadie le devolvió una respuesta, y aguzando el oído ni siquiera podía detectar la cantinela de los grillos, tan habitual en aquella zona. Tragó saliva y, cuando la luz se puso verde, arrancó el motor y continuó su camino.

Llegó a las puertas de su edificio tras diez minutos sin haberse cruzado con una sola alma durante el trayecto. Decir que estaba nervioso era claramente un eufemismo a estas alturas, y justo cuando se disponía a detener el motor comprendió que sentía un miedo terrible de cruzar la puerta de entrada. Evidentemente ahí estaba pasando algo muy extraño, y se maldijo a sí mismo por no haber llevado antes la radio del coche a reparar, y por haberse olividado el móvil en la oficina. Tenía que decidirse, y pronto. Al final optó por salir a toda pastilla de esa zona, no fuera que estuviese contaminada por un virus o algo peor, y dirigirse a otro punto de la ciudad donde hubiera alguien que pudiese informarle. Si se tranquilizaba y actuaba racionalmente, todo saldría bien. Logró relajarse algo, pero se saltó todos los semáforos en rojo sin ni siquiera prestar atención a posibles vehículos en la intersección. ¿Para qué?

En el centro de la ciudad tampoco vio coches. El panorama seguía siendo idéntico: luces por doquier, semáforos funcionando, carteles luminosos de la Coca-Cola centelleando desde las alturas pero ninguna presencia que le recordara que el mundo estuviera habitado. Asía el volante con fuerza para evitar que le temblaran las manos, y una gota de sudor se deslizó lentamente por su frente. Le entraron ganas de llorar. ¿Qué estaba ocurriendo aquí? Al pasar por una tienda de electrónica se fijó en que los televisores emitían una señal de estática, como si hubieran cortado las comunicaciones, y soltó una carcajada cuando comprendió que probablemente la radio tampoco le serviría de mucho. Sin pensarlo ni un segundo, aceleró y salió de la ciudad. Si allí no había nadie, lo encontraría en cualquier otra parte del mundo.

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Llevaba cuatro días conduciendo sin parar, ojeroso y con un aspecto desaliñado, en parte por las pocas horas de sueño y la barba que comenzaba a proyectar una canosa sombra en su rostro. Cuatro días y no había encontrado a un solo ser humano. Nada en absoluto. Paraba en las gasolineras, llenaba el depósito sin molestarse en pagar, comía chocolatinas que robaba en las tiendas de "todo a 100" y seguía su camino en pos de un alma gemela. La situación había mejorado relativamente, puesto que ahora sí podía escuchar música mientras rodaba por esas eternas carreteras fantasma. Había tomado prestado un reproductor portátil y algunos CD's en un Seven-Eleven y en esos momentos los Four Tops le hacían compañía, contándole que su padre fue un calavera sin remedio hasta que murió. La próxima gran ciudad se encontraba a medio día de conducción, y aunque no esperaba encontrar a nadie tampoco ya había descartado por completo la posibilidad de un virus o de un ataque nuclear: el paisaje se hallaba intacto y él parecía encontrarse en perfecto estado. De hecho, había perdido el apetito pero su organismo no parecía resentirse por la falta de ingestión de alimentos. Tampoco dormía mucho, por no decir casi nada, y sin embargo no se sentía cansado. Así que en principio no tenía tantos motivos para sentirse preocupado, salvo por la falta de seres humanos en todo el planeta... y por una pregunta que le rondaba la cabeza: ¿de verdad frenó a tiempo antes de empotrarse contra aquel camión?

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escrito por Jordi Soler @ 11:20, ,


El Yo real

A finales del pasado mes de noviembre empecé a comprender que yo en realidad no era yo. Me encontraba a punto de tomar el primer sorbo de mi café matutino en el bar de debajo de mi casa cuando inmediatamente un gusto extraño impregnó mi paladar. Por un segundo creí que el camarero había dejado restos de detergente en la taza, pero en seguida me di cuenta de que ese café no sabía a café sino a limonada. ¿Cómo podía ser? ¿Acaso se trataba de una variedad exótica importada de algún país extraño, otro síntoma de posmodernidad en una sociedad que constantemente busca sorprenderse a sí misma? Giré la cabeza para llamar la atención del camarero y justo entonces me topé con el rostro de mi vecino del ático, que se había sentado en el taburete contiguo y estaba saboreando... una limonada. Me saludó con desgana y siguió bebiendo su consumición como si nada.

Unos meses después empecé a sentirme bastante fatigado. En principio dormía bien por las noches, y mi trabajo consistía simplemente en sentarme en un cubículo de cuatro metros cuadrados para atender las llamadas de los clientes del centro de atención en el que desempeñaba mi labor de comercial. Así que no había razón alguna para esa creciente sensación de cansancio, y la cuestión me intrigaba. Visité al médico de cabecera pero me dijo que todo estaba bien, y que incluso notaba que había perdido algo de peso y que mi nivel de colesterol estaba descendiendo. No alcanzaba a comprenderlo, francamente, pues mis hábitos seguían siendo tan poco saludables como siempre y mi dieta seguía consistiendo en grandes dosis de pan y en pastas recubiertas de chocolate. La cosa empezó a ser preocupante cuando mi cuerpo comenzó a transpirar copiosamente cada tarde de seis a siete. El fenómeno era poco menos que inaudito, pues la precisión de reloj con la que eso sucedía de lunes a viernes de pronto se detenía durante los fines de semana. Ahora sí que perdía peso de forma visible: el michelín del que tan orgulloso me sentía estaba desapareciendo a marchas forzadas y se veía sustituido por unas abdominales espectaculares. Supongo que no tenía derecho a quejarme por ello, pero la transformación se me antojaba un fenómeno paranormal, y había que reconocer que a mis compañeros de oficina la cosa les resultaba un tanto molesta, pues el olor a sudor impregnaba la oficina a última hora de la tarde. Los comentarios irónicos al respecto se mezclaban con las repasos que me pegaba la secretaria de veintidós años que había en la recepción. El asunto se ha venido prolongando desde entonces pero una tarde que salí antes de la oficina (en parte para no tener que soportar más chistes sobre mi apestoso sobaco) me topé en el ascensor con mi vecino del ático... que volvía del gimnasio. "Sí, voy cada tarde de seis a siete. Es un ejercicio saludable", me dijo.

Una noche me acosté sin cenar pues me dolían los brazos. Mis bíceps habían aumentado considerablemente durante los últimos meses y las agujetas amenazaban con dejarme lisiado, y eso que mi máximo esfuerzo del día había consistido en levantar la botella de cerveza para pegarme un buen trago a media tarde. Pronto sucumbí al abrazo de Morfeo y la noche transcurría plácidamente hasta que una especie de fantasía erótica en la que una impresionante morenaza me practicaba las más deliciosas perversiones me despertó de pronto. Ahí estaba yo, sudado y empalmado, y a pesar de tener los ojos abiertos en la oscuridad seguía viendo el cuerpo de esa mujer sobre mí, sus senos moviéndose al ritmo de sus embestidas, su figura sentada sobre la mía, su zona pélvica en contacto con la mía y sus jadeos incontrolados rompiendo el silencio de la habitación. Unos minutos después tuve un orgasmo, y al día siguiente mientras me duchaba no pude dejar de pensar que la cara de aquella morena me sonaba de algo. Como si de una premonición se hubiera tratado, me la encontré al salir del apartamento en el ascensor. Cuando le pregunté de dónde venía me contestó que del ático... de casa de mi vecino.

Ahora la cosa estaba clara. Por alguna extraña razón me estaba convirtiendo lentamente en mi vecino. A pesar de que no hacía nada de ejercicio y que comía fatal, mi cuerpo se asemejaba cada día más al suyo y se me estaba poniendo una cara de chulopiscinas que tiraba de espaldas. Cuando él se cortaba el pelo a mí se me caía hasta la misma medida que él, cuando él tomaba el sol yo me ponía moreno. Cuando coincidíamos en el portal parecía que me estuviera mirando en un espejo, e incluso una vez la panadera me preguntó si aquel señor tan apuesto era mi hermano. Imagino que a la gente no le hubiera importado que le sucediera algo así, pero a mí me molestaba sobremanera. Yo siempre había sido un gordito simpático e intelectual y me costaba horrores acostumbrarme a que las mujeres quisieran darme conversación por mi físico. No sabía reaccionar en esas situaciones, me sentía incómodo. Mi vida ya no era mía y había ciertos factores que me impedían sentirme relajado. ¿Qué pasaba si un día mi vecino se rompía un brazo haciendo pesas? ¿Y si algún día se aficionaba al sadomasoquismo? Peor aún, ¿y si le entraban inclinaciones homosexuales, algo para nada extraño en estos tipos tan musculados? No podía arriesgarme a que la sensación de un desgarro anal me despertara subrepticiamente a medianoche.

Poco a poco comencé a urdir un plan. Parecía claro que la única forma de romper el vínculo con mi vecino, con el cual ya compartía incluso los pensamientos más íntimos, era acabar con él. Sólo matándolo conseguiría volver a ser yo mismo, y aunque la idea al principio me causaba rechazo con el transcurso de las semanas me fui convenciendo de que posiblemente se trataba de mi única vía de escape. Tardé mes y medio en encontrar lo que buscaba, pero tras muchas noches en vela (daba igual, porque me despertaba siempre fresco) indagando por foros de internet conseguí la dirección de un tipo que suministraba pistolas sin número de registro, imposibles de rastrear. Ayer por la tarde fui a recoger la mía, junto con una cajetilla de balas, y esta noche me disponía a llevar a cabo mi plan. Cuando estuviera seguro de que mi vecino se hallaba sumido en un sueño profundo, cosa nada difícil de verificar dado mi vínculo, me dirigiría a su apartamento y llamaría a su puerta. En el momento en que me abriera le soltaría un seco "buenas noches, vecino" y lo acribillaría a balazos. Por fin sería libre.

Puse el despertador a las dos de la madrugada por si me quedaba dormido, cosa que dudaba dado mi actual estado de nerviosismo. Aquella sería la hora en que sucedería todo. Sentado en mi butaca del comedor, con las luces encendidas y la televisión apagada, el único ruido que quebraba la quietud era el tic-tac del despertador, que lentamente acercaba sus manecillas a la hora fatídica. Finalmente no pude esperar y a la una menos cuarto decidí llevar a cabo el asesinato. Me levanté de la butaca, me refresqué la cara con agua del grifo, y justo cuando iba a coger el arma alguien llamó a la puerta. ¿Quién podía ser a esas horas? Abrí la puerta y en el rellano me encontré de frente con el vecino del tercero. ¿Qué querría justo ahora ese pesado? "Buenas noches, vecino" fue lo único que me dijo y justo cuando iba a preguntarle qué demonios deseaba un estruendo ensordecedor resonó en el piso y cuatro balas atravesaron mi abdomen.

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escrito por Jordi Soler @ 21:39, ,


Vocación de suicida

Ali estaba decidido a inmolarse esa misma tarde en la delegación de Hacienda que había a dos manzanas de su casa. A pesar de contar con sólo dieciséis años y tener lo que los adultos llaman "toda una vida por delante" su devoción a la Causa iba más allá de sus ansias de vivir, que en todo caso tampoco eran muy grandes. La culpa la tenía Helena, su vecina de rellano, a la que llevaba amando en secreto desde hacía tanto tiempo que casi ni podía recordar un solo día en el que no se hubiera levantado con su dulce rostro como primera imagen mental de la mañana. Ali recordaba perfectamente el día en que llegó a su barrio, proveniente de las lejanas tierras marroquíes, y cómo Helena fue la persona que le abrió la puerta del portal de su edificio. Ella salía y él se disponía a entrar por primera vez en lo que iba a convertirse en su nuevo hogar, y sus ojos se cruzaron durante un segundo, tiempo suficiente para que ella le obsequiara con una de las más bellas sonrisas que Ali hubiese contemplado jamás.

Desde ese momento Helena se convirtió en su amor platónico, y él suspiraba en secreto por el momento en que finalmente le abriera su corazón y fuese correspondido. Desgraciadamente de eso hacía mucho, parecía en verdad que hubiera ocurrido todo en otra vida. Porque Ali tenía en realidad dos vidas paralelas: por un lado era un estudiante modélico en el instituto de su barrio, ejemplo perfecto de integración con su cultura de adopción, y por otro era un guerrillero de la Causa, mundo en el que le había introducido su padre. Las reuniones de los integrantes de la Causa se producían en un sótano clandestino que su padre y unos amigos habían encontrado bajo las losas de un almacén abandonado en el extrarradio. Ellos lo habían limpiado, habían colocado mesas y sillas, habían colgado mapas y fotografías en las paredes y habían enseñado a los discípulos a amar la Causa. Les hablaban de lo podrida que estaba la sociedad occidental, del día en que el Islám volvería a regir sobre la tierra, de los objetivos a los que debían dirigir sus iras, del día en que ellos pasarían a ser los Elegidos. Y a Ali ese día le había llegado hoy. La Causa había fijado como objetivo la delegación de Hacienda, y se suponía que él debía entrar a media tarde, justo cuando las oficinas estaban abarrotadas, e inmolarse con el potente artefacto explosivo que la Causa le había preparado.

En estos momentos Ali llevaba el dispositivo atado a su cuerpo, rodeando su tórax con la suficiente cantidad de explosivo como para dinamitar un edificio entero. El detonador se hallaba localizado en su móvil, y él únicamente debía apretar el botón verde de "Llamada" para hacerlo saltar todo por los aires. Mentiría si dijera que no estaba asustado, pero Ali era un muchacho determinado, así que activó el aparato y salió de su casa rumbo a la delegación. Mientras iba avanzando por la calle respiraba el aire fresco del invierno, pensando que probablemente sería la última vez que lo hiciera. Alzó la vista hacia el cielo y se encontró con un panorama gris y encapotado, cosa que lo apenó porque se dio cuenta de que ya jamás volvería a ver el sol. Resignado, siguió adelante mientras sus dedos acariciaban las teclas del móvil de su bolsillo. El móvil, el instrumento de su aniquilación, tanto hoy como hacía dos días.

Dos días atrás Ali había usado ese móvil para mandar un SMS a Helena, justo en el momento en que supo que había sido designado por la Causa para llevar a cabo el plan de destrucción final. Se resistía a morir sin haber demostrado su amor incondicional por ella, así que en un arrebato de enajenación le mandó un mensaje en el que expresaba su declaración de amor. Era un mensaje escueto pero muy sincero, y confiaba en que le llegara al corazón, mientras pensaba en todas esas veces que habían compartido el estrecho espacio del ascensor y lo cerca que había estado de rozarla con los labios todas y cada una de esas veces. Era tan tímido que no se había atrevido a dar el paso, aunque pensaba que ella era receptiva, pero en el momento en que comprendió que el fin se acercaba reunió las fuerzas para expresar sus sentimientos en unas líneas electrónicas. Tras enviarlas supo que si ella le decía que sí él jamás aceptaría su misión, por sagrada que ésta fuera. Más sagrado era su amor por Helena.

Pero ella jamás respondió, y dos días después ya sabía que era demasiado tarde. Obviamente ella no sentía lo mismo por él, y su desánimo fue tal cuando comprendió que no sólo no era correspondido sino que además había hecho el ridículo que decidió seguir adelante con la misión sin titubear. No podría soportar cruzársela una vez más en el ascensor sabiendo que ella había leído su SMS, la vergüenza sería demasiado fuerte. En eso pensaba al cruzar la puerta de la delegación de Hacienda, y una lágrima se deslizó por su mejilla como contrapunto a su desesperanza. Todo daba ya igual. La delegación estaba efectivamente llena de personas realizando pesados trámites, pagando multas y protestando a los funcionarios, reflejo perfecto de la decadente sociedad capitalista. Ali sacó el móvil de su bolsillo mientras rezaba en voz baja y, justo cuando se disponía a pulsar el botón verde, ocurrió algo inaudito.

En la pantalla figuraba un texto: "Mensaje recibido". Con el corazón en un puño, Ali se dio cuenta de que el remitente era Helena. ¿Sería posible? Inmediatamente lo abrió y se puso a leerlo, pensando que si por un momento ella aceptaba su declaración abandonaría ipso-facto la inmolación y huiría con ella bien lejos. De repente un mundo de esperanza y alegría se abría ante sí, y notó que las vidas de todas las personas que le rodeaban dependían del contenido de un mensaje SMS. Qué irónico.

Sin más dilación, Ali lo abrió y leyó su contenido. Simplemente cuatro palabras, pero las más bellas que hubiese leído nunca: "yo también te quiero". Ali sintió como su adoctrinamiento a la Causa se desvanecía por completo y un camino totalmente distinto tomaba forma en su futuro. Nervioso, llorando de alegría, tecleó torpemente las palabras "Espérame en casa. Voy a buscarte" y, con una alegría indescriptible en su interior, pulsó la tecla de "Enviar".

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Tras el recuento de las autoridades, la cifra ascendió a noventa y siete cadáveres chamuscados, aunque se temía que bajo los escombros encontrarían por lo menos unos veinte más, si bien eso iba a llevar un tiempo. Lo peor de todo es que nadie podía explicarse cómo un chico tan sano había sido capaz de cometer una acción tan atroz.

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escrito por Jordi Soler @ 10:29, ,


La vecina asesina

Anoche volví a pillarla a punto de la matanza. Regresaba de una cena tardía y me encontraba en el rellano esperando el ascensor, cuando oí el ruido de unas llaves que se introducían en la cerradura del portal. Como la mitad de las luces de la portería están fundidas al principio no distinguí a quién pertenecían las dos figuras que entraron por la puerta. Cuchicheaban y se reían, imagino que porque no esperaban encontrarse con nadie a esas horas de la madrugada. Parecían dos niños que acabaran de hacer una travesura y supuse que se trataba simplemente de un par de tortolitos que se disponían a terminar la noche con fuegos artificiales. "Buenas noches", dijo entonces la chica retomando la compostura, y ahí caí en la cuenta de que se trataba de ella... mi vecina asesina, que llegaba al matadero con su próxima víctima.

Empecé a comprender que el desfile de novios de la vecina del cuarto tercera respondía a algo más que a la clásica promiscuidad de una recién divorciada un lunes por la mañana, cuando leyendo la sección de "Sucesos" del periódico local vi la foto de un hombre que había desaparecido sin dejar rastro. Al principio no lo reconocí pero la cara de la foto me sonaba bastante. Mientras desayunaba en el bar de la esquina y apuraba mi cortado de pronto caí en la cuenta de dónde lo había visto antes: despidiéndose de la vecina una mañana tras una noche de pasión desenfrenada. Lo de la pasión desenfrenada lo sé porque la pared que separa su habitación de mi comedor es más fina que un papel de fumar, y aquel día el hombre salía más que contento del piso de ella, cosa nada normal tratándose de la hora en la que la gente madruga para acudir a la tediosa rutina laboral. Digamos que aquellas ojeras no respondían al cansancio acumulado por las eternas jornadas de oficina. Tan ufano que lo vi y ahora andaba en paradero desconocido, qué raro.

Reflexioné un rato sobre el asunto y al final llegué a la conclusión de que el hombre habría abandonado a su mujer y a sus hijos tras el devaneo romántico-sexual con mi vecina. Seguro que andaba harto de su monótona existencia y su aventura extramatrimonial le abrió los ojos, y ahora pululaba por la República Dominicana follándose a todas las mulatas que se le cruzaban por el camino. Típico. Archivé la noticia en mi subconsciente y seguí con mi rutina cotidiana. Aquella semana mi vecina satisfacía su sed de sexo con un tipo bastante cachas que por lo visto había conocido en el gimnasio (o al menos eso parecía, pues los dos llevaban la mochila de deporte cada vez que entraban y me los encontraba en el rellano) y su comportamiento no era precisamente el de una asesina en serie.

Mi vida transcurría plácidamente hasta que una noche, como noticia estrella del telediario, anunciaron que habían encontrado un cadáver en las aguas del puerto. Tras posterior identificación vía molde de la dentadura, habían deducido que aquel cuerpo descompuesto correspondía al de una persona desaparecida unas semanas atrás. Casi se me atraganta la ensalada cuando apareció en la pantalla la foto del amante de mi vecina desaparecido. ¡Dios! ¿Y ahora qué se suponía que debía hacer? Rápidamente pensé en llamar a la policía, pero la sonrisa inocente de mi vecina me impedía delatarla en relación a ese crimen. Seguramente el tío se había metido en líos, a lo mejor aquello sólo fue un rollo de una noche y yo no era quién para cubrir de porquería a la chica simplemente porque se había liado con alguien que posteriormente fue asesinado. La presunción de inocencia por encima de todo, y además yo quería vivir tranquilo. Nada de historias con la policía, y menos por esta clase de cuestiones.

Sin embargo, los días pasaban y mi recelo hacia la vecinita de marras iba in crescendo. Mis saludos resultaban de lo más forzado cuando coincidíamos frente a la puerta del ascensor, y supongo que mi inquietud debía resultar bastante obvia. Ahora ya tenía otro noviete, éste bajito y calvo, con pinta de contable o de director financiero de una multinacional. Serio y tímido, todo un contraste con el forzudo del gimnasio. Forzudo que, como descubrí dos semanas después, fue la segunda víctima de lo que los medios bautizaron como "el asesino del puerto", pues su cuerpo había sido hallado también en las aguas portuarias, a pocos metros del anterior. Nada más enterarme de la noticia se me cayó el alma al suelo. Ahí había un patrón de conducta y dos cadáveres no podían ser una coincidencia. ¿Y ahora qué? Antes de marcar el 091 decidí comentar la cuestión con un amigo. "¿Pero estás loco o qué?", me dijo. "¡Si la denuncias y no hallan pruebas la tendrán que dejar libre y tú podrías ser su próxima víctima! O aún peor, a lo mejor la policía asume que en realidad el asesino eres tú y que te cargas a sus novios porque en el fondo estás enamorado de ella... Yo si fuera tú me mudaba de edificio y dejaba a la vecina con sus historias. No te metas, macho".

No sé porqué pero las palabras de mi amigo me calaron hondo. De pronto la decisión de denunciarla se me hacía una montaña y mi prioridad pasaba por encontrar un piso de alquiler en la otra punta de la ciudad. Lástima que el actual lo había arrendado a una vieja que me había dejado un precio bastante por debajo de la tarifa oficial de mercado y no había forma de encontrar una ganga similar a corto plazo. En resumidas cuentas, me hallaba atrapado en una situación de difícil salida, y la cosa empeoró a la que mi amigo el contable se sumó a la lista de cadáveres del puerto. Ahora la cosa estaba clara: convivía con una psicópata que liquidaba a sus amantes tras pasárselos repetidamente por la piedra. Tendría algo en contra del género masculino, después de haberse divorciado de su marido, o a lo mejor el asesinato era la culminación del acto sexual. En cualquier caso, una compañera de cama poco recomendable.

La cuestión es que ahora creo que ella sospecha de mí. Como soy el único que conoce a su lista de amantes imagino que debe pensar que yo ya me huelo algo, y más porque mi nerviosismo me delata. Ahora, por ejemplo, tengo ganas de gritarle a su nueva conquista que se vaya corriendo de allí, que ni se le ocurra acostarse con esa arpía, pero debo reprimirme si no quiero zambullirme en las sucias aguas portuarias antes de tiempo. "Buenas noches, vecina", comento por lo bajo e inmediatamente desvío mi mirada hacia el suelo. Ellos siguen riendo y cuchicheando, y ahora mismo sé que están hablando de mí porque los he pillado mirándome de reojo en un par de ocasiones. Al final, ella se lanza: "Oye, como sé que estás solo y mi amigo dice que no le importa, ¿qué tal si te pasas a tomar algo a mi casa y te unes a la fiesta?"

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Mi problema es que nunca he sabido decir que no. Uno intenta declinar la invitación a aquél cocktail amablemente, pero siempre termina pringando y emborrachándose en un rincón mientras los demás se lo pasan genial, preguntándose cómo cuernos ha ido a parar allí. Una vez acabé en un avión rumbo a Jamaica sólo porque un colega de oficina se puso pesado con lo de ir a bailar Reggae en Semana Santa. Soy un hombre sin fuerza de voluntad, y mis amigos y conocidos lo saben y se aprovechan de mí. Por tanto, lo de aquella noche era inevitable, pensaba yo mientras arrastraba el pesado saco por el muelle 14. Tras mucho rehuir la invitación, no sé bien cómo dos horas más tarde me encontré troceando el cadáver de aquel extraño en la bañera de mi vecina. La chica los finiquita con un picahielos, en plan Sharon Stone, y mi pobre personalidad no pudo ni siquiera resistirse a un rápido polvo de recompensa por haberla ayudado a meter a su novio en un saco de cemento. "Ya empezaba a necesitar un ayudante", me comentaba ella mientras blandía su machete ensangrentado. "Descubrí que la mejor forma de no tener malos rollos con mis ex era cargármelos justo cuando la relación estaba en el mejor momento. Así lo hice con mi marido y tuve que inventarme un divorcio para justificar su desaparición. Ahora me los cepillo doblemente: una vez en la cama y la otra en la bañera con el picahielos, pero al menos sé que no me rechazarán y que tampoco me agobiarán con llamadas cuando hayamos cortado". Qué bien, pensaba para mis adentros. "¿Y qué pinto yo en todo esto?", inquirí dubitativamente. Ella sonrió: "Hombre, como ya hace tiempo que lo sabías pensé que estaría bien tener a alguien que me ayudara a despachar los cadáveres. En el fondo soy frágil y no me quedan muchas fuerzas para llevar los cuerpos arriba y abajo. Además, sé que ahora ya no me delatarás porque estás implicado y, por cierto, tengo a muchas amigas solitarias que estarán dispuestas a pasar una noche contigo. Ya te enseñaré cómo desembarazarte de ellas cuando te canses".

De puta madre. Había pasado de oficinista aburrido a asesino en serie por virtud de mi apocado carácter. Bueno, al menos mi vida sexual mejoraría de ahora en adelante... Aunque no sé si mi espalda resistirá el traslado de tanto cadáver. Joder, éste pesa especialmente. Tendré que decirle a mi vecina que se dedique a atacar a los bajitos.

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escrito por Jordi Soler @ 10:28, ,


Historias de mi oficina

A veces me miran mal en la oficina. Ellos saben que el montón de horas que me paso tecleando frente a la pantalla de un ordenador no pueden deberse únicamente a responder a mails de índole laboral, por lo que sospechan que algo me traigo entre manos. Por suerte, para mis compañeros la palabra "blog" es un concepto tan exótico como la teoría de cuerdas temporales, y gracias a ello sé que mis andanzas internautas permanecen a salvo de las investigaciones de mis superiores. Mira que en el fondo es sencillo: basta con que el informático eche un vistazo a la caché de mi ordenador y esperar a que surja "Blogger" en algún punto del historial, pero entre que el propio informático tiene más de un cadáver en el armario (son legendarias las partidas de World of Warcraft que se casca desde su privilegiado despacho en un ala abandonada de la empresa) y que la mayoría de los empleados saben que de abrir la veda de las inspecciones en los ordenadores a más de uno le saldrían las webs porno hasta por las orejas, parece que entre ellos y yo existe un acuerdo tácito de no ingerencia en las labores de despacho de cada uno.

Lo cual no es óbice para que no se elaboren las más descabelladas teorías al respecto, claro. La mayoría alberga la firme creencia de que tengo una amante insaciable con la que mantengo las más tórridas conversaciones cibernéticas, por ejemplo. Me increpan a la hora del café, frente a la fotocopiadora, y me hacen la clásica bromita: "¿y qué? ¿está buena?" Al principio yo me hacía el tonto o les decía que me dejaran en paz pero, un buen día, decidí seguirles el juego y al enésimo que me lo preguntó le contesté: "no lo sabes bien, es una colegiala de veinte años insaciable que quiere quedar conmigo a todas horas". No tenía ni idea del lío en el que me estaba metiendo por soltar semejante trola, pero algo tenía que haber intuído cuando mi interlocutor se me quedó mirando fijamente y, en voz baja, me comentó: "¿y no tienes miedo de que se entere tu mujer?"

Sea como fuere, el bulo empezó a circular a la velocidad de la luz y pronto noté que la gente me miraba de reojo, cuchicheaban a mis espaldas o me hacían gestos con el pulgar levantado, en plan "eres un campeón". Supongo que debí haberme preocupado, pero allí donde los demás ven un problema yo suelo ver una oportunidad. Así que una tarde que tenía que salir a hacer unas compras se me ocurrió pedirle permiso al jefe de departamento, y enseguida note la suspicacia en el tono de su voz. "¿Salir antes, dice? ¿Para qué?" Probablemente no hubiera caído en lo que estaba insinuando de no ser por esa media sonrisa y ese guiño que me propinó al terminar la pregunta. Cuando comprendí lo que estaba pensando mi jefe, decidí arriesgarme y le solté: "bueno, ya sabe... es que he quedado con una amiga..."

Jamás pensé que la estrategia me fuera a dar tan buenos resultados. No sólo no puso ninguna objeción a mi salida a horas tempranas, sino que me dio un par de palmadas en la espalda y me aseguró que podía contar con él para mantener el secreto. Mientras bajaba por el ascensor aquella tarde me di cuenta de que aquello era un auténtico chollo: con la de tareas y recados que se me acumulan a la salida del trabajo, si disponía de carta blanca para salir cuando lo necesitara la excusa de la amante podía representar poco menos que la llave del paraíso. Los primeros días me contuve bastante, pero a la que llevaba dos meses con la historia a cuestas me acostumbré a pedir permiso para salir pronto un par de tardes por semana. Cuando no era para cortarme el pelo, era porque tenía que pasarme por el supermercado o llevar el coche al autolavado. Así que mis jornadas laborales transcurrían entre blogs y mentiras descaradas que servían tanto para escaquearme como para ganar puntos ante mis superiores, todos ellos de sexo masculino y viéndome como un reflejo de sus más oscuros deseos. No creo que me equivoque si digo que muchos de ellos en secreto me admiraban.

Lentamente la cosa fue a más. Había días en los que no me apetecía ir a comer con los colegas del departamento. Son todos unos plastas insoportables y sus tediosas conversaciones giran entorno a los problemas presupuestarios de la empresa o a las críticas de los demás compañeros de trabajo. Un día en que su compañía se me hacia muy cuesta arriba les dije que "había quedado para comer, ya sabes" y me largué al chino de la esquina. Me encantaba comer solo mientras ojeaba un periódico, aun sabiendo que los del departamento debían estar poniéndome a caldo en esos precisos instantes. Daba igual, ése era el precio de la libertad y yo estaba dispuesto a pagarlo. Cuando subía por el ascensor hacia mi despacho me alboroté un poco el pelo y me saqué la camisa por fuera de los pantalones. La mirada de los demás cuando entré por la puerta no pudo ser más explícita. Yo me descojonaba por dentro.

La cosa es que ahora mismo ya pierdo más tiempo planificando mi ficticia vida paralela que resolviendo las tareas por las que presuntamente se me paga. Empiezo a notar el estrés y me temo que algún día esta patraña llegará a oídos de mi esposa. Lo que me va a costar convencerla de la realidad. Yo mismo, cuando ensayo el discurso ante el espejo por si las moscas, veo claro que no me creerá ni de broma, y lo peor es que no puedo aportar ninguna prueba de la verosimilitud de mi relato, excepto mi maltrecho blog que anda ya muy abandonado por culpa de los nervios que paso manteniendo la ilusión de una falsa aventura. La cosa está llegando a extremos kafkianos, pues me veo obligado a comprar colonias para una amante que no tengo si debo justificar una salida intempestiva a media mañana (que en realidad es para llevar a los críos al médico). Es más, cuando explico las auténticas razones por las que algún mediodía llego tarde a la oficina (atascos, camareros que tardan más de la cuenta en traerme el cambio) nadie se lo cree ya. Todos me dicen que no me preocupe, que no hace falta que les cuente historias extrañas, que ya están al tanto de mis cositas y que ellos serán siempre una tumba.

Estoy pensando seriamente en cortar con una amante que jamás he tenido, pero la dimensión del castillo de naipes artificial que he montado es tan considerable que no veo cómo puedo enfocar el tema sin levantar mayores suspicacias. Si digo que lo he dejado en un impulso o en un ataque de mala conciencia no sé si me creerán, y además voy tan atrasado en el trabajo que me va a costar Dios y ayuda ponerme al día yo solito, justo ahora que mi jefe me ha comentado que iban a fichar a un becario para ayudarme y así "dejarme más tiempo libre". Y yo ya no quiero tiempo libre. Yo quiero volver a mi rutina, quiero cortar con este rollo, quiero dejar el blog pero me temo que estoy atrapado en un laberinto de mentiras del cual ya no sé salir. Por las noches me despierto sudoroso y mi mujer dice que me ve muy raro últimamente, que "a ver si será que te has echado una amante" y se ríe. Yo no me río. Voy de cabeza al precipicio y no tengo escapatoria. Y encima me he quedado sin ideas con las que rellenar este estúpido blog.

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escrito por Jordi Soler @ 21:31, ,